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La cura psicoanalítica en la posmodernidad

Por Martha Inés Mariela

Más de un siglo nos separa de Freud, de aquel momento en que escribió la primera obra fundadora del psicoanálisis: La interpretación de los sueños.  Más de un siglo es mucho tiempo para el desarrollo de la ciencia y en particular para la tecnología, pero no para una disciplina que se ocupa de cosas sencillas y a la vez altamente complicadas. Me refiero a los temas que ocupan la mente del psicoanalista y su paciente. Problemas del amor y el odio, del deseo y de la ley, del sufrimiento y del placer, de nuestras palabras, de nuestros actos, de nuestros sueños y fantasmas. Problemáticas, todas ellas, eternamente actuales.

Sin embargo, insisto, más de un siglo es mucho. Durante todo este tiempo los problemas  tratados por el psicoanálisis a menudo han sido conceptualizados desde distintas perspectivas. ¿Cuál es la nuestra, la que el día de hoy deseamos transmitirles? El enfoque psicoanalítico aborda estas problemáticas desde el pensamiento abstracto y desde la experiencia humana en una relación de dos partenaires, analista y analizante, en interacción permanente desde un lugar específico: el inconsciente de ambos, que se abraza en un vínculo transferencial, en un nuevo espacio para enfrentar juntos el sufrimiento psíquico.

En esta época posmoderna, con múltiples cambios culturales, donde la consecución de resultados inmediatos es altamente valorada, se ha generado el auge de un sinfín de terapias de todo tipo que buscan satisfacer lo que yo  denomino la urgencia de la inmediatez. Si a esto agregamos un mundo en permanente crisis económica con su consecuente empobrecimiento de las capas medias de la población, usuarias preferentes del enfoque psicoanalítico, la práctica de la cura en nuestra época pareciera casi imposible. Pero, ¿realmente, será así?

Durante una plática entre dos analistas, uno que reside en América y otro en Europa, la primera comentaba con su colega varón su preocupación por el poco interés de la gente por adentrarse y enfrentar las problemáticas psicopatológicas desde un enfoque profundo. Su colega, barcelonés, le decía:” … “no te preocupes, ya están regresando nuestros pacientes”. Él le narraba cómo una mujer que llego a consulta le expresaba su decepción, su inútil búsqueda de terapias alternativas sostenidas durante veinte años con el uso adecuado de diferentes fármacos. Sin embargo, nada de lo que hacía le podía aliviar su depresión y fútil deseo de vivir.

Frente a esta viñeta clínica mucho podemos reflexionar: ¿depresión?, ¿veinte años de terapia? Pero, ¿cómo? Si es al psicoanálisis al que se le acusa de terapia prolongada, cara y que al final no concluye en algo específico. Me parece que el valor del enfoque psicoanalítico reside principalmente en la posibilidad de contar con un marco teórico y clínico para enfrentar desde uno mismo, el analista, dichas problemáticas.

Nasio, al referirse a Freud y su aportación a la cura, comenta: “El genio de Freud es haber comprendido que, para captar las causas secretas que animan a un ser, que animan a ese otro que sufre y a quien escuchamos, en primer lugar por encima de todo hay que descubrir esas causas en uno mismo, (el subrayado es mío) hay que volver a uno mismo. Rehacer en sí -conservando al mismo tiempo el contacto con el otro que tenemos frente a nosotros- el camino que va de nuestros propios actos a sus causas”. En esta cita el autor resalta una de las características básicas del entrenamiento psicoanalítico y por el cual este último no puede solamente girar en torno a conocimientos de tipo teórico. La cura no solo consiste en develar un enigma sino el prestar el propio Yo para tal fin. Nuestro “sí mismo” se convierte así en un instrumento de trabajo que busca revelar, a través de la interpretación, el origen velado del sufrimiento del que se habla. Para esto, se empieza por comprenderse a uno mismo para después reeditarse en el otro.

Retomando nuestra viñeta clínica y la preocupación de nuestra colega americana, es válido cuestionarnos porqué el hombre de nuestra época no quiere pensarse. ¿Será que, como menciona Rudinesco, nos enfrentamos en este nuevo siglo a la derrota del sujeto? ¿Será que temas que delimitan la subjetividad de cada uno, como el pensarnos en función de la muerte, las pasiones, la sexualidad, la locura, el inconsciente, la relación con el otro… son en estos momentos de la existencia humana conceptos de desmentida frente a la individualidad que nos aqueja?

En este sentido el psicoanálisis muestra una avanzada de la civilización sobre la barbarie. Así, restaura la idea de que el hombre es libre en lo que respecta a su palabra y que su destino no está limitado a su ser biológico. Rescata de alguna manera la relevancia de la subjetividad en el ser humano y la urgente necesidad de conocerse en ese estado que hoy llamamos para todo, de manera imprecisa, “depresiones” y que para los psicoanalistas se define como, sufrimiento psíquico.

Conocida la depresión desde épocas  freudianas como una forma de neurastenia o psicastenia, como la definía P. Janet, este estado fue abandonado por Freud para dar paso a la organización subjetiva de la neurosis. De esta manera, para el psicoanálisis la psicopatología no puede ser entendida solo por un estado depresivo, pensado en términos de déficit, fatiga, debilitamiento de la autoestima, etc. Se requiere de una concepción de un sujeto con un inconsciente, que vive atormentado y que sufre en su interioridad psíquica una serie de conflictos en torno a su sexualidad, lo prohibido de su deseo, o lo finito de la vida (la muerte) o la pérdida que habita en él.

Es por esto que, más que pensar en la problemática de la depresión en nuestra era moderna, deberíamos centrarnos en la problemática de la adicción, la cual es la nostalgia de un sujeto pedido.

Para poder diferenciar un enfoque meramente sintomático al estilo propio de la psiquiatría biológica, es importante señalar cuales son los contenidos teóricos de la teoría psicoanalítica, los cuales definen tanto su enfoque como la practica misma del psicoanalista. El acento es puesto en la vida pulsional y afectiva; en la dinámica psíquica; en la significación y el determinismo aun de los fenómenos psíquicos más obscuros y más arbitrarios; la doctrina del conflicto psíquico y de la naturaleza patógena de la represión; la concepción de los síntomas mórbidos como satisfacción substitutiva; el reconocimiento de la significación etiológica de la vida sexual, en particular la de los albores de la sexualidad infantil.

Unido a la idea de una práctica clínica y una concepción teórica de la psique humana, surge el cuestionamiento de la formación del psicoanalista, elemento también considerado por Freud e incluido como parte del quehacer del psicoanalista. En la misma línea de las cualidades propias de la era moderna, en donde lo individual, inmediato y eficaz forma parte del devenir humano, la formación del psicoanalista es en todo un concepto diferente.

El trípode formativo análisis personal, supervisión y estudio teórico propuesto por Freud al enfrentase a la formación de psicoanalista y a la fundación de instituciones dedicadas a la formación de psicoanalistas, representa para la práctica clínica del terapeuta una constante en el propio devenir profesional. Mucho se ha discutido en torno a la práctica psicoterapéutica psicoanalítica y al psicoanálisis propiamente dicho. Ambas, dependen, como método, del mismo enfoque teórico y clínico; sin embargo, en el caso del analista, la existencia de una institución creada para esos fines nos permite no desviarnos de nuestro objetivo y darle al estudiante un espacio suficiente para formarse, analizarse y ejercer su labor clínica de manera permanente.

Desde principios de siglo XX Freud optó por analizar a algunos de sus colegas que se formaban como psicoanalistas, en virtud de sus problemáticas psicopatológicas particulares. Esto permitió a muchos de ellos desarrollar entre otras cosas, un proceso creativo de estudio y práctica clínica. Melanie Klein, a partir de su propia experiencia analítica, profundiza en el estudio de la teoría, aportando al movimiento una riqueza propia de su reflexión en el trabajo con niños. Así, todos los analistas experimentaron con los principios de la investigación del inconsciente.

De esta manera, el principio de un análisis didáctico, orientado a trabajar con el inconsciente del futuro analista, tomó forma en la sociedad psicoanalítica de los miércoles y después fue elaborándose en virtud de las reflexiones del movimiento sobre el concepto de la contratransferencia.

En los inicios, como no había ninguna regla establecida, Freud y sus discípulos no vacilaron en tomar en análisis a familiares y allegados cercanos con todo tipo de vínculos: amistoso, amoroso o filiales, con lo que se mezclaron las relaciones afectivas con las profesionales. A partir de la investigación del fenómeno de la contratransferencia se opta por separar tales vínculos y, a la vez, exigir al futuro analista un análisis personal propio, como requisito para la formación como psicoanalista. Fue en el año de 1919, en el congreso de la IPA en Budapest, donde Hermann Nunmberg lo propone.

Aunado a este proceso se considera la necesidad de complementar la práctica clínica con otro relativo a la supervisión del trabajo del psicoanalista, denominado por Freud (1919) análisis de control. Este se refiere al análisis al que se somete un estudioso del psicoanálisis que también está en análisis didáctico, como un recurso más de formación del quehacer psicoanalítico. El estudiante analiza a un paciente y acepta ser controlado o supervisado, es decir, acepta dar cuenta a otro analista, que no es el propio, del análisis de su paciente. La intención es que el alumno pueda darse cuenta de fenómenos contra-transferenciales propios que se juegan en la cura y que requieren ser trabajados ya sea dentro del análisis con el paciente o en el análisis propio.

Todas estas vicisitudes en la formación de un psicoanalista nos conducen en la actualidad a crear un entrenamiento específico que contemple dichas necesidades y que incluye los procesos inconscientes. Los conceptos de transferencia y contra- transferencia, a medida que fueron trabajados por Freud, permitieron reconocer la urgencia del trabajo analítico del propio analista.

En el año de 1908 Sandor Ferenczi fue el primero en mencionar la existencia de una reacción del analista a los dichos de su paciente: “Tengo una excesiva tendencia a considerar como propios los asuntos de los enfermos”.  En 1910,  en su evaluación de las perspectivas para el futuro de la terapia psicoanalítica, Freud evocó, hablando de la persona del terapeuta, la existencia de una contratransferencia que “se instala en el médico  por la influencia del paciente  sobre la sensibilidad inconsciente del primero”.  Freud sabia de la importancia de reconocer dicha influencia y sabía, también, que ningún analista puede ir más allá de lo que sus propias resistencias le permiten.

En sus inicios, la visión de  Ferenczi en torno al problema técnico fue coincidente con Freud. Más adelante marcaría una diferencia que dio pie a toda una corriente teórico-técnica del manejo del fenómeno transferencia-contratransferencia. Este autor desarrolló la idea del análisis mutuo, proceso en cuyo transcurso el analista le entrega al paciente los elementos constitutivos de su contratransferencia a medida que surgen, de tal manera que el paciente se vea liberado de la opresión ligada a la relación transferencial, y la artificialidad de la situación analítica clásica tienda a desparecer. Esta orientación será revisada y replanteada en algunas aportaciones posteriores como es el caso del trabajo de Winnicott y Masud Khan. También tendrá su efecto en algunos desarrollos de la psicología del yo en los Estados Unidos de Norteamérica, en particular los trabajos de Harnold Searles con su concepto de simbiosis terapéutica.

En 1939, un discípulo de Frenczi, Michael Balint, introdujo la idea de ausencia de especificidad de la contratransferencia. El autor plantea que hay que identificar sus huellas del lado del analizante: “ecos de las fallas del analista, o marcas residuales de la transferencia de este último con su propio analista”.

Por su parte, los  Kleinianos, en particular Paula Heimann y Margaret Little, por distintas que fueran, redefinieron la contratransferencia como el conjunto de reacciones y sentimientos que el analista experimenta respecto de su paciente. Para Heimann, en la medida en que el inconsciente del analista engloba al del paciente, el primero debe servirse de la contratransferencia  como de un instrumento que facilita la comprensión del inconsciente del analizante. Para la autora, esta comprensión no implica la comunicación de dichos sentimientos del analista a su paciente.

 Jacques Lacan ilustró su propia posición, perfectamente articulada a su concepto de transferencia. En 1953 realiza una crítica radical al concepto, en particular a la idea de reacciones del analista frente al paciente. A juicio de Lacan, la noción de contratransferencia carece de objeto. Solo designa los efectos de la transferencia que alcanzan al deseo del analista, no como persona, sino en tanto él es puesto en el lugar del Otro por la palabra del analizante, es decir, en una tercera posición que hace la relación analítica irreductible a una relación dual.

“Por el solo hecho de que haya transferencia, estamos implicados –dice Lacan en 1960- en la posición de ser aquel que contiene el agalma, el objeto fundamental. [….] Es un efecto legítimo de la transferencia. Por lo tanto, no es necesario hacer intervenir la contratransferencia como si se tratara de algo que sería la parte propia, y mucho más aun, la parte falible del analista. [….] Sólo en tanto [el analista] sabe lo que es el deseo, pero no sabe lo que ese sujeto, con el cual está embarcado en la aventura analítica, desea, él está en posición de tener en sí, de ese deseo, el objeto”.

Antes de concluir mi participación, deseo remarcar la importancia de la singularidad del entrenamiento psicoanalítico, el cual lo hace requerir de una estructura y organización particular que contemple las vicisitudes de su objeto de estudio. En este momento singular de nuestra época, me parece que es precisamente la necesidad de detenernos y reflexionar sobre nuestra propia subjetividad lo que nos permitirá tratar de, como le dijo Freud a su paciente: Ya se convencerá usted que adelantamos mucho si conseguimos transformar su miseria histérica en un infortunio corriente”.

Muchas gracias.

México, D.F., septiembre 19, 2015

Martha Inés Mariela M.