Prejuicio, intolerancia y odio al otro

Por: Fanny Blanck-Cereijido

Revista de psicoanálisis de Guadalajara, Núm. 4 l 2009

El concepto de extranjería, de otredad, sólo se explica a partir de la existencia de una figura opuesta: la de identidad. Pensar una identidad absolutamente igual a sí misma excluye el hecho de que- incluso el cuerpo biológico no sea el resultado puro de una determinación genética previa, sino también el resultado de inscripciones familiares, sociales e históricas. Identidad/otredad son conceptos que se oponen si se parte de un criterio binario absoluto de carácter esencialista que Derrida denomina logocentrismo. Este sistema de pensamiento busca establecer lo real, la presencia del ser, a través de un saber que debe acceder a la mente de forma inmediata e inequívoca, según 1a concepción de raíz aristotélica que le apoya en una lógica fundada en la exclusión y polarización de las diferencias. Nietzche fue el primero en cuestionar esta forma de aproximarse a la diferencia inaugurando ‘así la crítica en la teoría contemporánea; por su parte, Freud profundizó este cuestionamiento al sistematizar ideas que descubrían a un hombre que no es dueño de sus pensamientos y que no es igual a lo que sabe de sí mismo.

 

En años recientes, el pensamiento desconstructivo ha propuesto otra manera de entender la oposición identidad/diferencia.

Si identidad es lo positivo y la diferencia es la ausencia de identidad, Derrida afirma que el primer término deriva de la supresión del segundo. Identidad y diferencia depende de la diferencia pero también de la oposición radical entre sus términos. Para indicar una “diferencia distinta” es creado un neologismo: la differance, concepto que refiere a la simultánea condición de diferencia y de identidad; la différance es la condición del logocentrismo y al mismo tiempo su negación. La propuesta derridiana él recupera la génesis de la oposición binaria, para aquello que amenaza la dicotomía de los términos. Esta nueva noción implica que la oposición identidad/ diferencia puede no ser absoluta, es decir, que el extranjero y el autóctono, el uno y el otro, comparten similitudes y diferencias comunes al género humano.

En su libro El pájaro pintado, Jerzy Kozinski (1965) cuenta que en los días que comenzó la Segunda Guerra Mundial, era un niño que vivía en Varsovia, con sus padres.

Éstos lo enviaron entonces a un pueblito remoto bajo la suposición de que allá estaría alejado de cualquier acción bélica. En cierta manera tuvieron razón, pero Kozinski cuenta que por ser judío, tener tez oscura, pelo negro y nariz ganchuda en un lugar donde todos eran católicos, rubios, de ojos azules y eran católicos, rubios, de ojos azules y nariz recta, lo explotaban en tareas extenuantes y peligrosas, lo molían a palos al menor incumplimiento y error y lo torturaban salvajemente cada vez que ocurrían desgracias que nada tenían que ver con él, tales como accidentes de otros habitantes, problemas con la cosecha y enfermedades de animales de granja.

En cierto momento, el por entonces niño Kozinski conoció a un pajarero, que cazaba con trampera, para luego ir vendiendo las aves por los pueblitos de Polonia, y que le mostró el fenómeno que da nombre al libro. Cuando atrapaba a un pájaro, el resto de la bandada sobrevolaba de una manera que, con ciertas dosis de antropocentrismo, podríamos llamar “protesta” y “clamor para que se liberara al compañero preso”. Si el hombre lo liberaba, el pájaro volaba a reunirse con el resto de la b andada y escapar. Pero si antes de hacerlo le pintaba el pico de azul, o un ala de amarillo, o la cabeza de verde, en cuanto el bicho se mezclaba con sus congéneres éstos le arrancaban los ojos, las plumas y despedazaban su cuerpo, de modo que en instantes caía muerto. Por eso Kozinsky no atribuye sus desgracias personales a la mala suerte de haber ido a parar a un pueblo de católicos polacos, particularmente perversos, sino una característica mucho más fundamental que compartimos con al menos algunos animales: la agresión a quien, a pesar de pertenecer a la misma especie, así y todo es distinto. Ni la gente ni los pájaros agreden a una raza desconocida de perro, de vacuno, de ave; el “otro” al que se ataca debe tener suficiente similitud. Los esclavistas que martirizaban negros y los soldados que prendían fuego a los guetos no eran perversos con los animales.

Xenofobia y Prejuicio

El otro, el semejante, es el primer objeto satisfaciente, el primero hostil y la única fuerza auxiliar. Así afirma Freud (1895) en el Proyecto, marcando la única posibilidad de vida para el nuevo sujeto, a partir de un otro anterior y externo a él, de quien es imperativo que lo ame y que lo invista si es que ha de devenir sujeto. Esta necesidad del otro para la vida y constitución de cada sujeto crea el amor y también el odio. El amor a partir de la

satisfacción y el odio, que se incrementa a partir de la frustración, de la rivalidad, del desencuentro.

En esta trama compleja de los vínculos, la aparición de un otro distinto, que viene de otro lugar y tiene otros hábitos y creencias provoca una respuesta particular. La palabra extranjero contiene la raíz griega xenos y su enunciado expresa el desprecio y extrañeza que suscita lo que se considera extraño, ajeno, bárbaro, indeseable, aunque algunas veces el extraño puede ser amado o admirado. Esta diferencia despierta desconfianza y agresividad, sólo vencida por la civilización. Pero también sabemos que la diferencia es que permite el amor, la atracción sexual, y que las diferencias culturales permiten el enriquecimiento de los grupos humanos y la ampliación de sus horizontes. Con todo y diferencias, tengamos en cuenta que desde el momento que los humanos pertenecemos a una misma especie, originada en un solo punto del planeta, hoy lo cubre por entero, nos encontremos donde nos encontremos, todos hemos llegado a nuestra residencia actual como extranjeros.

Dan por sentado que la propia mirada es las correcta y que los valores de la colectividad propia son los valores reales, objetivos y naturales, es una manera muy extendida de mirar al mundo y se designa como postura etnocéntrica (Todorov, 1989). Es válido discutir estas cuestiones porque la historia se hace por factores económicos y sociales, pero las ideas son también actos decisivos, son acontecimiento y motor del hecho histórico.

Estamos colocados ahora frente al problema del prejuicio, que es, como dijimos, la parte inconsciente de la ideología de una sociedad, conjunto de sentimientos, juicios y actitudes que provocan y justifican medidas discriminatorias, separación, segregación y explotación de un grupo por otro (Bastide, 1969).

El prejuicio racial es muy extendido. Hoy entendemos que la raza no está definida por un carácter biológico o antropológico, sino sociológico. La biología contemporánea no sustenta la noción de raza, ya que, en primer lugar, si bien los seres humanos difieren entre ellos por sus características físicas, para que estas variaciones dieran nacimiento a grupos claramente delimitados deberían coincidir entre ellas y éste no es el caso. Se obtendría un primer mapa de las “razas” si se miden las características genéticas, uno segundo si se mide como criterio el análisis de sangre, uno tercero, el sistema óseo, uno cuarto, la epidermis. Por otro lado, en el interior mismo de los grupos así constituidos se observa una

mayor distancia entre los individuos que los componen que la que existe entre los grupos. Por estas razones, la biología contemporánea ya no recurre a la noción de raza, a la que hoy se concibe como un problema de la psicología social.

Otro prejuicio muy extendido es el prejuicio de clase y los pobres son los primeros discriminados en todas las sociedades. También existe el prejuicio cultural y religioso: cuando los hombres del Occidente Europeo entraron en contacto con América… África o Asia los consideraron pueblos bárbaros o salvajes, y hoy, en el siglo XXI, los diferentes fundamentalismos ponen al mundo en peligro de extinción. Bastide (1969) cree que la ignorancia interviene en el nacimiento del prejuicio y que factores económicos, políticos y sociológicos coadyuvan en su constitución. También se vincula el prejuicio con la personalidad autoritaria, rígida, que no se puede adaptar a la evolución de las estructuras sociales. El sujeto con personalidad democrática, en cambio, sería más flexible y tolerante.

El odio al extranjero es una condición tan extendida, que ya el Viejo Testamento nos informa que todos los pueblos que habitaban el perímetro de la Tierra Prometida fueron muertos sin discriminar sexo ni edad, los templos destruidos, los bosques arrasados, por orden de Jahve, de modo que el Viejo Testamento es el primer documento en el que hay noticia escrita del odio exterminante al otro (Exodo 23, 33, Levítico 18, Josué 6). El racismo y el odio al extranjero son rasgos universales de las sociedades humanas: Se trata de la imposibilidad de constituirse sin excluir, desvalorizar y odiar al otro. El tema abarca el psiquismo individual y el imaginario social. Cada sociedad se constituye con sus valores, su concepto de justicia, de la lógica y de la estética. Los otros serán inferiores, de modo que la inferioridad del otro es el reverso de la afirmación de la propia verdad. De aquí a que los otros contengan una esencia malvada y perversa hay una corta distancia (Castoriadis, 1985). .

Para Todorov (1982) se deben considerar al menos tres ejes para situar la problemática de la alteridad: l. El primero es axiológico, un juicio de valor: el otro es bueno o malo, lo amo o lo odio, es mi igual o mi inferior. Otro tanto sostenía Freud en su texto sobre la Negación en 1925 afirmando que el juicio de ‘Valor precede al de existencia.

2. Una segunda dimensión es praxeológica: yo adhiero a los valores del otro y me asimilo a él; o le impongo mi propia imagen y lo asimilo a mí, donde la tensión es

quién somete a quién.
3. Por último, sólo al final, la operación epistémica: conocer y reconocer la

alteridad, operación que sólo es posible en la superación de los dos ejes precedentes (de amor-odio y dominio o sumisión).

Las tres dimensiones, amar-odiar-conquistar y conocer son el trípode semiótico donde procesan la posibilidad del encuentro con la alteridad (Viñar, 1998).

Hanna Arendt (1973) considera intolerable que se odie al otro por aquello de lo que no es responsable, como su pertenencia a cierta raza, pero ésta es la esencia del prejuicio racista para el que no hay abjuración posible. El racismo no desea la abjura- ción del otro, sino su muerte, su extinción

Antes de la Segunda Guerra Mundial apareció el estatuto de apátrida, de individuos privados de su pertenencia a un Estado cuyos representantes por excelencia eran los judíos. Estos sujetos carecían de las garantías civiles otorgadas por el Derecho Internacional y se convirtieron así en una minoría “superflua”, prescindible. De aquí a su eliminación el paso era inmediato, ya que no existía para ellos ninguna ley que los protegiera, habían caído de su pertenencia a una comunidad. Arendt afirma que el primer elemento del totalitarismo es eliminar la posibilidad del individuo diferente de ser sujeto de derecho. El imperialismo ejerce igual violencia sobre los individuos de los países colonizados, justificando la discriminación por doctrinas racistas (Traverso, E., 2001). La eliminación de los derechos civiles y jurídicos de una persona es un paso previo a su dominación y posible exterminio.

El segundo elemento consiste en el asesinato de su persona moral. La eliminación de su condición humana destruye la solidaridad de la comunidad a la que pertenecen, que deja de reconocerlos como semejantes. Finalmente, las víctimas caen en un estado de anomia y no se reconocen a sí mismas como sujetos de derecho frente a sus perseguidores.

El tercer elemento del ataque totalitario consiste en el asesinato de la individua- lidad, la conversión de los hombres en cadáveres vivientes mediante el hambre y maltratos físicos extremos. Estos sujetos pasan a formar una masa amorfa y atomizada, proceso que culmina en el asesinato de estos hombres que “ya son superfluos”.

El otro y la intolerancia a lo propio

La contrapartida de esta situación social y colectiva en el psiquismo individual es la tendencia a colocar en el otro lo propio inaceptable. En psicoanálisis hay un abordaje ya clásico de la xenofobia y la discriminación, que se realiza desde la teoría de lo imaginario. La segregación, racismo y el odio al otro parten de la problemática del narcisismo y de la especularidad. La convicción de que las pequeñas diferencias que caracterizan a cada uno son importantes y nos señalan como mejores frente a los otros desempeña un papel importante. El primero de esos otros es el hermano, que recibe los sentimientos de rivalidad, amor y odio. De aquí parte el complejo del semejante, el odio que la sentencia bíblica “Ama a tu prójimo como a ti mismo” trata vanamente de borrar.

En el trabajo de Freud sobre “Lo ominoso” de 1919 aparecen algunas claves acerca de cómo lo que es rechazado en el otro corresponde a algo propio no admitido como tal por el sujeto. La palabra unheimlich es sometida a un escrutinio filológico. Los sig- nificados de heimlich (familiar, casero, secreto) aparecen mezclados con lo no familiar y el prefijo un complica aún más las cosas. Así lo conocido, íntimo (heimlich), se transforma en lo desconocido y extraño. En esta inquietante extrañeza, lo reprimido que retorna es algo familiar desde siempre, devenido extraño por el proceso de represión. Si bien es raro que ‘Un extranjero provoque la angustia aterradora que suscita la muerte o la visión del sexo femenino, la xenofobia tiene relación con los temores a la muerte y sus diferentes representaciones, fantasmas, aparecidos, temor a ser enterrado vivo, lo femenino, la propia pulsión desbordada en la locura o la epilepsia.

Benjamín (1974) identifica a la representación interior del extranjero con una figura deforme de los cuentos y rimas infantiles: el jorobadito. Esta figura es un unheimlich, el coco de los niños, el judío interno de cada uno, suplemento, sobrante peligroso de la sociedad.

La creación de otro o la depositación de ciertos caracteres en el otro provienen de la necesidad de proteger la coherencia de la propia imagen. Por ejemplo, Roger Bartra (1992) afirma que la creación del mito del hombre salvaje es un ingrediente fundamental de la cultura europea, creación de un alter ego, salvaje artificial que preserva la identidad del europeo como hombre occidental civilizado. El yo arcaico, narcisista, aún no delimitado del exterior, proyecta fuera de él lo que experimenta en sí mismo como peligroso, convirtiéndolo en un doble extraño o demoniaco. Este sentimiento ominoso se

repite compulsivamente como algo que se ubica más allá del principio del placer.
Frente al extranjero que se rechaza y con quien, no obstante la tentativa de expulsión, aparece identificación, se pierden los limites y la autonomía. Desestructuración del yo que puede perdurar como síntoma psicótico o resultar en una nueva apertura. La experiencia amenazante de la inquietante extrañeza sería el índice de la latencia psicótica, de la fragilidad de la represión y de la inconsistencia simbólica que estructura a lo

reprimido.
Cada uno es extranjero para sí mismo, ya que aloja dentro de sí una vasta zona de

alteridad incognocible y este otro desconocido subsiste en las relaciones entre los individuos, las clases y los pueblos. Ni siquiera en nuestro propio lugar de origen desaparece la extranjería de cada uno. Al descubrir la alteridad aterradora que irrumpe frente a la aparición de lo propio en el otro, nuestro yo sé conmociona y tambalea. Si el extranjero contiene la otredad amenazadora, se elimina al portador de esta alteridad, antes de reconocerla como propia. Si se logra asumir la extranjería propia, el extranjero cesa de ser una amenaza. Esto es lo que hace decir a Julia Kristeva (1988): “Si soy extranjera, no hay extranjeros”. La noción freudiana de inconsciente despoja a lo extraño de su aspecto patológico e integra al humano una otredad que se vuelve parte inherente de su ser. Lo siniestro, lo extranjero está dentro nuestro, somos nuestro extranjero, al estar irreparablemente divididos.

El sentido del racismo dista de ser evidente. Sus formas más feroces pueden oponer a grupos con diferencias raciales nulas. Hay pueblos europeos con diferencias raciales mínimas desde el punto de vista de origen, color, complexión o lengua, que se han odiado y matado salvajemente. Interpretar al racismo exclusivamente como derivado de la relación especular con el otro deja de lado el hecho de que se trata de un fenómeno de grupo y no individual. El racismo, el segregacionismo o el prejuicio conciernen siempre a dos grupos.

El ideario xenofobo intenta rescatar un ideal identitario omnipotente y arcaico, una identidad compacta e inmutable a través del tiempo y la historia, que proclaman un pasado glorioso, inmaculado, que el extranjero vendría a perturbar. Las ideologías racistas se desarrollan en quienes padecen una situación de pobreza, desocupación y desesperanza, que así evitan cuestionarse sus propios duelos e incertidumbres (Gómez

Mango, 1998).
Cuando aquél que asigna un valor negativo a una comunidad o grupo con carac-

terísticas que le resultan extrañas posee la fuerza para ejercer la discriminación, nos encontramos frente al prejuicio maligno y, en caso de que el que discrimina posee la fuerza necesaria, va a atacar y destruir al que es objeto de odio y desprecio.

Tal vez la afirmación freudiana de expulsar lo malo y considerar lo externo como perteneciente al no yo y retener lo bueno como propio prosigue como convicción a lo largo de la vida, lo que lleva a considerar el dualismo propio-extraño, autóctono-extranjero, bueno-malo como algo natural en las creencias y convicciones posteriores (Blanck- Cereijido, 2003; 2009). Charles Darwin (1871), cuyas opiniones no pueden tacharse de culturalistas, opina que “una creencia inculcada constantemente durante los años tempranos de la vida, cuando el cerebro es muy impresionable, parece adquirir casi la naturaleza de un instinto; y la verdadera esencia de un instinto es que es obedecido independientemente d~ la razón”.

El término prejuicio implica la idea de un juicio que precede a la experiencia, que corresponde al a priori kantiano, que recoge las creencias, los valores y categorías de referencia del mundo de cada sujeto y depende, en gran medida, del mundo en el que el sujeto nace inmerso. El prejuicio ordena a los hechos y factores en un sistema de valores aceptados por la familia y la sociedad que preceden a ese individuo y lo condicionan en sus creencias y valores, efecto de la transmisión transgeneracional consciente e inconsciente. Las certezas que aportan los prejuicios son incorporadas de modo acrítico, tradiciones inamovibles (Puget. 2009). En cambio, el juicio descrito por Freud como juicio de atribución y de existencia permite discriminar, atribuir valores, establecer categorías, distinguir un objeto externo de uno deseado y es modificable por conocimientos o razonamientos nuevos. Los psicoanalistas también tenemos prejuicios frente a nuevas teorías, ya que éstas impugnan certezas a través de plantear cuál es el psicoanálisis verdadero, o cuál es el material interpretable.

Los prejuicios tienen la función de proteger al self de la adaptación a lo que sea, de protegerlos de la indiferenciación que puede ser una situación traumática muy temida. Los prejuicios ayudan a la autodefinición, a separarse y diferenciarse. Para que se tomen malignos, esto es, violentos para con los otros, debe responder en cada sujeto a

peligros colectivos. Debe existir una intención que impone una ideología arbitraria o una propaganda confusionante de miedos e incertidumbres en un espacio trans-subjetivo de catástrofe.

El prejuicio puede tener diferentes significados y requerir diferentes estrategias de acuerdo con el espacio psíquico en el que opera: sujetos individuales, una relación intersubjetiva, entre dos o más sujetos, o los espacios transubjetivos que nos constituyen como sujetos sociales.

La política social, en lugar de afirmar que todos somos iguales, debe trabajar con la idea de tolerar diferencias; aunque sepamos que el proceso subyacente al prejuicio no es racional debemos reforzar las herramientas sociales para manejarlo. En Brasil fue importante la ley que considera cualquier manifestación de racismo como un crimen. No evita el sentimiento pero pasa el mensaje que no será tolerado por la nación/padre.

Nuestra subjetividad social proviene de la biografía, de la historia de inserción so- cial y familiar y de las identificaciones que tienen lugar en la infancia, pero también a lo largo de toda la vida. Los prejuicios y creencias propios de cada conjunto humano conceden un sentimiento de pertenencia a esa comunidad, de identidad, que resulta imprescindible al punto de que los integrantes de estos grupos pueden adoptar conductas increíbles con tal de ser aceptados y no perder su pertenencia. Esta pertenencia permite, según Silvia Amati, la depositación de los aspectos menos discriminados y arcaicos de cada sujeto en el contexto transubjetivo.

La transmisión de la experiencia y convicción llevan a la formación de la iden- tidad, que incluye prejuicios y creencias protectoras. La culpa en desidentificarse con las creencias de los padres, el miedo de perder la conexión con la familia y la comunidad lleva a grupos a retener conductas que no son racionales; además, los prejuicios de grupo promueven la conexión entre los individuos miembros de ese grupo.

El concepto de pertenencia se refiere a un imprinting inevitable e inconsciente, proveniente de la familia y la sociedad en que el sujeto nace. Este valor previo a la propia experiencia puede o no ser apropiado y reflejado en el sujeto durante su vida, puede volverse conflictivo o puede estar en el background de.la propia vida como ya dado. La tendencia a adaptarse a instituciones también depende de la búsqueda de certeza y

seguridad, que lleva a la adopción de los prejuicios que no son necesariamente conscientes, de modo que podemos asociar el prejuicio con una necesidad humana de superar la inconsistencia, la chance y la incertidumbre.

El prejuicio puede estar investido por violencia que puede llevar al fortalecimiento de la identidad de un cierto grupo en detrimento de otros. El “nuevo racismo cultural” que han descrito algunos sociólogos ingleses sostiene que las características de los grupos sociales son fijas, naturalizadas y confinadas en un culturalismo que es definido desde una perspectiva ya dada, seudo biológica.

Por otro lado, los seres humanos han sido seleccionados por su capacidad de creencia, ya que esto les confiere la capacidad de incorporar en su patrimonio cognitivo no solamente lo que cada persona aprende directamente, sino las aprendidas por toda la sociedad; todo el conocimiento humano es incorporado al banco cognitivo porque es transferido a través de la crianza y la educación. De este modo incorporamos sin escrutinio la mayoría de los prejuicios que nuestros ancestros han coleccionado a través de generaciones.

Prejuicio, transmisión transgeneracional y neutralidad en la Clínica psicoanalítica

Pensamos que la cura psicoanalítica incluye al analista en un proceso dialéctico analista-analizante y lo coloca en una situación de compromiso. Esta forma de situarse en la cura reconoce la incidencia del analista en la transferencia del analizante, que responde a su historia y también al modo de ser esperado y escuchado. De este modo, consideramos que el prejuicio aparece en la narrativa del analizante, así como en la mente y el discurso del analista. Es importante reconocer cuando el prejuicio del analista me viene un obstáculo para entender el contenido de una sesión, situación que impacta en la contratransferencia del analista y en las posibilidades de su escucha. Nuestra intención es estudiar cómo se juegan estos problemas a partir de un material clínico desde las vertientes de la contratransferencia, la neutralidad y la regla de abstinencia.

El otro, con su diferencia y extrañeza, sacude las certezas identitarias, ya que propone enfoques distintos frente a cuestiones vitales, creencias y convicciones. El psicoanalista también está en esta situación cuando escucha la un analizante que tiene

mayores o menores diferencias con sus propias creencias y conceptos; si bien su propio análisis le otorga capacidad para escuchar a alguien que difiere de sus opiniones, esto no deja de constituir una problemática.

La imposibilidad de acercarse al objeto de conocimiento sin un bagaje preexis- tente de criterios y valores colorean y modulan la relación analítica y la contra- transferencia; en la sesión psicoanalítica, el prejuicio aparece ¡necesariamente en la mente de ambos protagonistas a través de las creencias familiares, pertenencias, posiciones teóricas, objetivos terapéuticos. Los prejuicios conscientes o inconscientes que operan en la mente del psicoanalista frente a alguien que posea otras creencias, otras posiciones políticas especialmente en situaciones de importancia para el psicoanalista, pueden resultar en un obstáculo contratransferencial para la escucha del analizan te. De hecho reaccionamos con prejuicio, con rechazo, aunque no sea más que con nuestros sentimientos, a cualquier característica del paciente que no coincida con nuestras creencias y debemos hacer un trabajo elaborativo acerca de estos sentimientos antes de decir o no decir.

De modo que todo analista participa en la situación de la cura con su presencia psíquica en la dialéctica analista-analizante, siendo portador de su impronta onto y filogenética, su welthaushauung, su constelación edípica inconsciente, su subjetividad, sus valores, su origen, su cultura, su marco referencial, su filiación analítica, su propia teoría de la clínica, sus creencias, convicciones y prejuicios. Esta concepción de la cura, que incluye lo personal como respuesta calificada, marcada y particular, incide en la transferencia del analizante, que responde a su propia historia, a sus propias características y también al modo de ser esperado y escuchado.

Las respuestas contratransferenciales se entendieron por mucho tiempo como causadas exclusivamente por la actividad asociativa o actuación del analizante, pero una concepción más incluyente del papel de cada participante del proceso analítico nos permite concebirla como parte del encuadre interno del analista, de su trabajo elaborativo y sus variables personales, y también que nuestra escucha, nuestra actitud consciente o inconsciente de aceptación o rechazo, posibilitan o dificultan la palabra del analizan te.

La noción de campo analítico (Baranger) sostiene que la intersubjetividad presente en la dupla analista paciente excede los conceptos de transferencia y contratransferencia,

ya que éstos son pensados como fenómenos individuales que ocurren en el paciente y el analista separadamente. El concepto de campo implica una tensión oscilatoria constante entre las individualidades de cada uno adentro del campo intersubjetivo.

Nos plantearemos ahora qué lugar ocupan la neutralidad y la abstinencia entre la objetividad, la subjetividad y la intersubjetividad. Eizirik piensa que la cuestión de la neutralidad analítica es central y considera que aún es un concepto útil aunque necesita ser actualizado y revitalizado. Sugiere una postura en la que el analista conserva la necesaria empatía, manteniendo una distancia posible en relación al material del paciente y su transferencia, a la contratransferencia y a su propia personalidad, a sus propios valores, a las expectativas y presiones del mundo externo y a la teoría psicoanalítica. A partir de este factor postula una cierta distancia posible, necesaria para permitir la emergencia del deseo y la convicción del analizan te. Podemos agregar que nuestras propias convicciones, prejuicios y teorías están presentes en la situación analítica, ya que nos son inherentes, como nuestro juicio, pero que ser consciente de esto nos permite favorecer, dejar espacio para la emergencia del pensamiento y el deseo del analizante. Lo que necesitamos es encontrar una modalidad de comunicación que abra las perspectivas personales del analizante, que no cierre sus caminos, sino que los expanda; tal vez esa sea la neutralidad, no ofrecer ni sugerir la ruta a seguir, sino acompañar en su búsqueda.

Consideramos al prejuicio como un proceso complejo que depende de pertenencias y creencias transmitidas por el inconsciente transgeneracional, pero que su emergencia como prejuicio maligno, que implica destrucción y aniquilación del diferente, como ha sucedido a lo largo de la historia y en las catástrofes del siglo XX Y XXI, se origina en situaciones sociales, comunitarias, políticas y económicas, de modo que su estudio abarcativo es interdisciplinario.

Bibliografta
Arendt, H. (1973). The fffigins of totalitaria nism, Florida, Harcourt Brance.
Bastide, R (1969). El prójimo y el extraño, Buenos Aires, Amorrortu.
Bartra, R. (1992). El Salvaje en el espejo. México, Ediciones Era.
Blanck-Cereijido, F. (2003). El otro, el extranjero. Fanny Blanck-Cereijido, Pablo

Yankelevich (compiladores). Ediciones del Zorzal, Buenos Aires.

Blanck-Cereijido, F. (2009). PreJudice, transgenerational transmision, and neutrality. Panel que se reaJ.izó en el 46 Congreso de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Benjamín, W. (1974). Reflexiones so!ne niños, juguetes, libros infantiles, jóvenes y educa

ción, Buenos Aires, Nueva VISión.
Castoriadis, C. (1985). Coloquio “Inconsciente y Cambio Social”. Association pour la

Recherche et l’Intervention Psichosociologiques.
Charles Darwin (1871). The descent of man, and selection in relation to sexo London:

John Murray. 1st ed.
Freud, S. (1895). Proyecto de Psicología para Neurólogos. En: Obras Completas, Vol. I,

A. E., Buenos Aires.
Freud, S. (1919). Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica. En: Obras Completas Vol.

XVII, A. E. Buenos Aires.
Gómez Mango, E. (1998). La identidad abierta. En: Viñar, Marcelo (comp). ¿Semejante o

Enemigo?, Montevideo, Ediciones Tri1ce.
Kozinski,j. (1965). The painted Bird. Nueva Cork, Bantam Books.
Kristeva, J. (1988). Étrangers ti nous-memes, París, Fayard, 1988..
Puget, J. (2009). Los prejuicios como instru mentos discriminatorios. Asociación

Psicoanalítica de Buenos Aires.
Todorov, T. (1982). La conquista de América o la cuestión del otro. París. Ed. du Seuil. Todorov, T. (1989). Nous et les Autres. París, Seuil.
Traverso, E. (2001). La Historia desgarrada. Barcelona, Herder.

Vrnar, M. (1998). El reconocimiento del prójimo. En: AA. W., ¿Semejante o Enemigo?, Montevideo, ediciones Trilce.